El deber de la desobediencia civil en tiempos de COVID-19

Desde hace mucho tiempo, más de un siglo, la desobediencia civil se ha empleado como símbolo y como vía de acción para oponerse a injusticias llevadas a cabo, de forma más o menos legítima, por los gobiernos. El concepto, habitualmente asociado con el filósofo norteamericano Henry Thoreau, se ha ido transformando a través de las propuestas de Gandhi, Martin Luther King, los resistentes al nazismo en Dinamarca, el CNVA, y otros tantos movimientos ciudadanos, hasta alcanzar su culmen, aparentemente, en quienes ahora reclaman su derecho a irse de bares y salir de botellón durante una pandemia.

No sé si los libros de historia recogerán, dentro de algunas décadas, este momento como uno de los grandes hitos de la desobediencia civil, pero sí sé que nada en este concepto, incluso con sus devenires históricos, fundamentaría este tipo de irresponsabilidad. También sé que, después de las numerosas irresponsabilidades opuestas a la legislación vigente y a las evidencia sanitarias, las últimas concentraciones en Madrid, Barcelona y otras ciudades demuestran una completa inconciencia ética, imperdonable para cualquier desobediente civil.

La desobediencia civil surgió como una forma de sintetizar diversas ideas en torno a la responsabilidad ética y la conciencia sobre las injusticias. La principal vía de acción de los desobedientes, por ser la principal amenaza contra la ciudadanía, ha sido históricamente la crítica al Estado y las leyes injustas. Sin embargo, vivimos una época en la que, para la vida del llamado “Primer Mundo”, el mayor riesgo no se encuentra en las leyes vigentes sino en los movimientos sociales masivos y en sus incoherencias. En primer lugar, debido al desarrollo de las redes sociales globales, que producen a la vez un acceso rápido y masivo a informaciones cuestionables o poco contrastadas (mediante fuentes indirectas y periodismo sensacionalista) y una comunicación y organización ágil de movimientos sociales (ya sean más moderados o radicales). En segundo lugar, porque la extremada especialización de las ciencias ha provocado (como señalaba Ortega y Gasset en Historia como sistema) un rechazo general hacia las verdades científicas, poco accesibles; no porque antes sí se comprendiera, sino porque se tenía una fe fundada en la cercanía de la ciencia con la vida cotidiana, que actualmente resulta casi imposible.

Estos elementos han favorecido que los negacionismos proliferen y que las ideologías extremistas e individualistas obtengan más aceptación. Pues no olvidemos que la masificación del pensamiento no consiste en una colaboración ni en una conciencia social, pese a que gran parte de la sociedad se agolpe en ella. La masa es una reducción de las capacidades éticas, la conciencia, el intelecto, la responsabilidad, a unos mínimos en los que cada individuo se identifica con lo mínimo que comparte con los demás. Cuanto más grande es la masa, menos tienen sus individuos en común, hasta que sólo queda una cosa: las pasiones individuales, los miedos y las inquietudes. En esa situación no hay respuestas comunes, sólo miedos e impulsos básicos. En consecuencia, la masa nos reduce hasta que sólo nos quedan los impulsos más individualistas. Comprometernos con la masa implica renunciar a nuestra personalidad en favor de una identidad inconsciente, irresponsable, que no mira más que por impulsos egoístas.

Ante esta situación, nos encontramos un nuevo tipo de injusticias: las que no promueve el Estado, sino las masas. No tenemos leyes injustas (al menos, si hablamos de los países del “Primer Mundo”, donde se ha actuado para protegernos de una enfermedad) sino de comportamientos irresponsables que infringen la ley. Pero estos actos no deben confundirse con la desobediencia civil. Aunque parezca una cuestión de matiz, no toda desobediencia de una ley es una desobediencia civil.

La desobediencia civil se realiza a partir de la conciencia moral. De hecho, para Thoreau, la resistencia (o desobediencia) sucede por conciencia, y no sólo con ella. No es una condición más, sino su misma causa eficiente, lo que nos empuja a desobedecer. La conciencia moral proviene del individuo, pero nunca es egoísta, ya que se dirige hacia la convivencia. En este sentido, Antonio Casado defiende que “en una democracia liberal fiel a sus principios de soberanía popular y derechos humanos sólo podría justificarse la desobediencia civil que defienda, no sólo la buena conciencia de unos pocos, sino las libertades de una ciudadanía lo más global posible” (Casado, La desobediencia civil a partir de Thoreau, p. 69). Esto implica, en nuestro caso, no defender libertades egoístas y superficiales, sino mirar por el conjunto de la sociedad, por las libertades y los derechos más profundos de cara a la superación de una crisis pandémica como la actual.

Pero indaguemos más allá, en el sentido original de la resistencia en Thoreau. Recordemos que fue un filósofo muy opuesto a las opiniones masificadas y a la aceptación de normas carentes de reflexión. Por ello, en “Desobediencia civil”, aclara: “Hay novecientos noventa y nueve mecenas de la virtud por cada hombre virtuoso. Pero es más fácil tratar con el auténtico poseedor de una cosa que con su guardián temporal” (Thoreau, Civil Disobedience, p. 363). Decir estar en posesión de algo (la virtud, la justicia, la verdad) no demuestra tenerlo. La conciencia ética que promueve la desobediencia es incompatible con una actitud masiva, por lo que nadie desde un comportamiento de este tipo es capaz de defender conscientemente sus valores. Hacerlo implica investigar más allá de los impulsos generales, de las pulsiones e inquietudes compartidas, y procurar hallar respuestas de manera imparcial.

No olvidemos que Thoreau, como otros tantos, desarrolló la desobediencia civil incluso una vez preso. La libertad moral que defendía no estaba reñida con un encierro físico; pues cuando uno reclama libremente, cuando tiene libertad de expresión y la ejerce, la restricción de movimiento es irrelevante. Quienes sólo interpretan la libertad en su sentido físico son completamente ajenos a la libertad propia de la ética: “Comprendí que, si un muro de piedra me separaba de mis conciudadanos, había otro más difícil de franquear o atravesar para que fueran tan libres como yo. En ningún momento me sentí confinado, y las paredes me parecían un gran derroche de piedra y cemento” (Thoreau, Civil Disobedience, p. 375).

La situación en la que nos encontramos en España, más que de una injusticia legal (ya que las medidas adoptadas, mejores o peores, se fundamentan en un conocimiento médico y en una urgencia sanitaria), es de una injusticia moral por parte de grandes grupos de ciudadanos irresponsables. Aunque los desobedientes civiles se enfrenten eminentemente a la ley, la resistencia que predican puede dirigirse, en realidad, hacia cualquier norma injusta y socialmente aceptada. En este caso, no podemos obviar que los botellones y el incumplimiento de las recomendaciones sanitarias se han convertido, para una parte importante de la población, en una norma incuestionable. Frente a ello, debemos aplaudir a quienes aún se confinan en casa o se niegan a cometer tales irresponsabilidades. Encerrarse en casa es, ahora, una forma de desobedecer, de resistirse a esas masas irreflexivas que ejercen presión social.

Este elogio irracional de la libertad individual va en contra de la libertad real para la cual hemos constituido nuestras sociedades. Es una libertad ilusoria y egoísta que pronto se acaba y que no repercute en nuestra convivencia. Desobedezcamos cualquier invitación a ella. Pues la desobediencia civil tiene un compromiso ético con el cambio social; pero ningún cambio social puede provenir de una libertad transitoria e intrascendente, centrada en la satisfacción de unos pocos impulsos temporales.

Algunos de mis vecinos se tomaron la libertad de tocar campanas y disparar cañones. Ese ha sido el alcance de su libertad; y cuando el sonido de las campanas se extinguió, la libertad también se extinguió; cuando toda la pólvora se gastó, su libertad se fue con el humo.

Thoreau, Slavery in Massachusetts, p. 393

Bibliografía

Casado da Rocha, Antonio. La desobediencia civil a partir de Thoreau. Donostia: Gakoa, 2002.

Thoreau, Henry David. “Civil Disobedience”. En The Writings of Henry David Thoreau, vol. IV, Boston: Houghton Mifflin & Co., 1906.

Thoreau, Henry David. “Slavery in Massachusetts”. En The Writings of Henry David Thoreau, vol. IV, Boston: Houghton Mifflin & Co., 1906.

2 comentarios en “El deber de la desobediencia civil en tiempos de COVID-19

  1. Completamente de acuerdo. Además, en estos últimos meses, me da la sensación de que se ha violado el significado de la palabra libertad hasta convertirla en un “hago lo que me da la gana, y sin pensar en las consecuencias”.
    La libertad debería ser tener unos derechos básicos y unos deberes que hay que cumplir con la sociedad, pero esto último ya no nos gusta tanto.

    Un saludo!

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    1. Gracias por comentar, Ana María.
      Efectivamente, esta concepción tan superficial de la libertad es una malformación.
      A veces no se entiende eso: para garantizar la libertad positiva (poder elegir, incluso tener opciones), no basta con tener ausencia de coacción (libertad negativa), sino que hace falta un conjunto de obligaciones sociales y compromisos.
      Un saludo.

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